Surge el amor


Frederick era por aquel tiempo un joven apuesto e inteligente, animoso y brillante, y Anne una muchachita bella y modesta, gentil, delicada y sensible. Con la mitad de los atractivos que cada uno poseía habría bastado para que ni él tuviera que declarar su amor ni ella tuviese que buscar a otro a quien amar; pero tal coincidencia de circunstancias favorables era imposible que fallara. Poco a poco fueron conociéndose y no tardaron en enamorarse profundamente. 

Este es el párrafo en el que Jane Austen cuenta el enamoramiento entre Frederick Wentworth y Anne Elliot. Él, ascendido a comandante, estaba pasando un período de descanso en Somerset. La escritora fecha el encuentro en el verano de 1806. Podía parecer que, dado que Anne era una hija poco estimada por la familia, el hecho de que pudieran desembarazarse de ella al casarse sería una buena alternativa. Pero, como dice el libro "pronto vinieron los disgustos".

Al enterarse sir Walter, no negó su consentimiento de un modo rotundo y categórico, ni amenazan con que aquello jamás habría de realizarse, pero dio la negativa expresando un gran asombro, una gran frialdad, guardando un gran silencio e insinuando la firme resolución de no hacer nada por su hija. 

El padre de Anne no intervino sino con su falta de apoyo y de afecto a su hija, algo a lo que ella estaba acostumbrada. De este modo, si así hubiera quedado la cosa, quizá Anne habría persistido en su empeño de casarse con Frederick. Sin embargo, intervino otra persona que cambió los hechos. Y esa persona no lo hizo con malos modos, ni con órdenes sino que usó la persuasión. Lo que hoy llamaríamos un chantaje emocional. Alguien que quiere hacerle ver a la joven que ese matrimonio no le conviene a ella y tampoco le conviene a él. Ese alguien es Lady Russell, la única persona que quería a la joven, la única que podía persuadirla. Así, la estima, se convierte en un arma de doble filo.
Quien bien te quiere te hará llorar.


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