La pérdida del hogar
(A Cottage Garden. Henry Sutton Palmer. 1854-1933)
Solo quien ha perdido la casa de su infancia puede entender el sentimiento de Anne Elliot al tener que dejar Kellynch Hall. Y no se trata de comodidades, de lujos o de posesiones. No. Es algo más íntimo y más duradero. Es la pérdida del tiempo vivido, de los recuerdos asociados, de las personas que han compartido esos espacios. Un sentimiento que está en relación con el que siente Jane Austen al dejar Steventon. Una pérdida que la persiguió toda la vida hasta que tuvo la conciencia exacta de que nunca tendría un lugar propio. Esa reivindicación que hace Virginia Woolf de una habitación propia no solo es un deseo de la mujer que escribe, sino de las personas en general. Perder la casa es perder la infancia. Perder la infancia es perderse.
En la primera de sus grandes obras Sentido y Sensibilidad, el abandono de la casa familiar con la muerte del padre es el inicio de los grandes cambios, del desarraigo emocional de las hermanas Dashwood. También de la madre aunque ella había tenido ya su propia casa de la infancia y no era esta. Pero las tres, Elinor, Marianne y Margaret, sienten que, al marcharse, una parte de ellas queda atrás, no exactamente en la casa habitando con su hermano y su desagradable esposa, Fanny, de soltera Ferrars, sino en el aire, levitando, inexistente, perdida.
Aquí, en Persuasión, escrita ya en la madurez de su vida, próxima al final, la casa es el icono, el lugar al que Anne desea volver, el sitio en el que ella misma adquiere su sentido. Ninguna de las casas de alquiler en Bath posee el alma, el secreto contenido en Kellynch Hall. Por eso es innecesario esmerarse en que tengan dos o tres salones, ya que nunca responderán a lo que desea.


