Una habitación propia
(Interior de una casa de la época georgiana)
De igual modo que Virginia Woolf reivindicó en su ensayo "Una habitación propia" que las mujeres habrían de tener un espacio para escribir sin ser molestadas, he aquí que esta fue una ardorosa pretensión de Jane Austen durante toda su vida y que, además, nunca logró. Lo más cercano que estuvo de ello fue el uso del comedor de Chawton Cottage, la casita de campo que uno de sus hermanos les prestó a ella, a su madre y su hermana Cassandra, en la última parte de su vida. Este uso fue una diferencia de las otras mujeres de la casa (a las anteriores se unió su amiga Martha), pero no un derecho personal.
Esta necesidad, este deseo, se ve reflejado en sus libros de muchas maneras. Recordemos a Charlotte Lucas cuando, ya casada con el primo Collins, reserva para sí una habitación en la parte trasera de la rectoría con el fin de ceder a su esposo la mejor, la que da al camino. Disponer de una habitación para ella sola es un lujo que no todas las heroínas Austen pueden lograr. Por ejemplo, Fanny Price, o, por ejemplo, Anne Elliot, quien no disponía de casa propia ni de un lugar en el que no fuera molestada. El caso contrario es, como en casi todos los detalles, el de Emma Woodhouse, dueña de una mansión que, además, se permite la excentricidad de hacer que vaya a vivir con ella su esposo, el señor Knightley, con el fin de que no se perturbe a su padre.
Tener una sala propia es, por lo tanto, una de esas alegrías que tienen enorme valor para estas mujeres, siempre interrumpidas en su intimidad por miradas ajenas, siempre alertas de no mostrar demasiado sus sentimientos. Salvo las alegres chicas Bennet, en pocos casos se aventura una vida femenina en la que la intimidad sea un signo de libertad.


